viernes, 11 de mayo de 2012

Los barriletes del Sur


"Creo que soy porque te invento,
alquimia de águila en el viento"
Julio Cortázar.

Excusándome o no, haciendo cosas para cerrar historias o volando barriletes en soledad, la vida se vuelve un plural en singular.
No hace tanto de esta historia. Y quizás eso haga que no tenga la suficiente objetividad para contar las cosas. Pero no busco quedar bien con una entidad superior, o analizar todo para ver cómo tendríamos que haber sido, es tarde para eso, tarde y uno no pretende redimirse si no contar el cuento de nuevo para después dormirlo por siempre.
Ya no trato de decir las cosas con elegancia. Comprendí que no tiene sentido adornar demasiado las palabras, si al final no te puedo decir nada. Las cosas como son, y vos fuiste  la libertad declarada. Lo digo porque en ningún otro mirar voy a encontrar la adrenalina que drenaba por tus ojos llenos de bosques. Y yo quise perderme ahí.
No sé cuántas veces cruzamos el puente. Hubo muchos 25 de noviembre en menos de un año. En todos una promesa de que la vida iba a suceder como tenía que suceder. Nos prometimos cosas tontas, confiamos, tantas veces, en que los deseos de un panadero se nos revelaran cumplidos en la cara. Nos prometimos un viaje en ese tren que está del otro lado este invierno. Ahora está nublado y hace frío. La boletería no está disponible para promesas, los trenes ya no se encienden con amantes.
Creo que lo que necesitábamos era sentirnos vivos, y de alguna manera la mayoría de las veces lo conseguíamos. Nunca tuvimos una ruta, siempre tratamos de burlar al destino.
Y si ahora me pregunto qué pasaría si dios fuera uno de nosotros, es porque vivimos otros mundos en una habitación de hotel alguna vez. ¿Y ahí qué podía importar? Un 17 marcado en la puerta nos daba las razones para empezar a existirnos de nuevo. 17 motivos para olvidar lo que hacía media hora nos estaba matando. Las discusiones y lo que nos exigíamos desapareció. Me agarraste fuerte la mano esa vez, me abrazaste con tanto miedo a que me desquebraje. Entonces caminamos y me invitaste a dormir. Yo te dije que sí.
Los días que siguieron a ese todavía tenían la estela del amor desconcertado por tanto querer. Vos sobrevolabas mi tiempo, yo intentaba ser parte del tuyo. Así los barriletes comenzaron a arribarnos los cuerpos, dejamos que el viento nos llevara lejos.
Pero el amor no siempre apunta al norte. El viento no sopla en la misma dirección en cada atardecer. Volvimos a desdeñar nuestros gestos, y no paso mucho tiempo para que el camino se nos partiera al medio, vos por allá, yo remándola desde acá. Hoy me parece que nos necesitábamos demasiado, tanto que llegábamos a despreciarnos.
Rocé la locura tantas veces tratando de poner la nada donde tengo miedo de analizarla y tratando de entender que analizarnos es aceptar que somos vulnerables a los factores propios de la vida y que con vos me resisto a aceptar eso.
Como las cosas no volaban como queríamos, decidimos fabricar y pilotear nuestros propios barcos de nubes, nuestros barriletes cósmicos. Elegí el color de las estrellas y del arco iris que rasguña a la lluvia.
Nunca los terminamos, de más está decir que ahora descansan en mi habitación los dos esqueletos  de barriletes que no fueron, y que yo desfilo en el filo de la terraza, en continua huida,  sabiendo que en cualquier momento llega el reposo en caída.
Siempre estuviste seguro de que eras un invento de mi imaginación. Siempre queriéndome volver loca, apostando a mi delirio.  Quizás eso fue lo que me dio el miedo final. El miedo de volverme loca, volverme, no serlo, y así querer escapar.  La última vez que caminamos juntos, no hubo puente, si no confesiones de secretos muy propios, y te conté sobre cuando imagino al arlequín en blanco y negro que me mira, y yo no sé qué decirle.
-Nunca me pasó lo del arlequín.- dijiste.
Entonces a mí se me ocurrió que tal vez…
-Che, por ahí no sos un invento de mi imaginación, por ahí vos me inventás, o soy un invento de mi invento.
-Puede ser.- suspiraste.
-Sería un buen final para una novela.
-Podría usarlo para terminar la mía.
-No si yo lo hago primero.
Ahora no importan tanto esas introspecciones en forma de escalera caracol, vistas por un caleidoscopio que supo ser amor. La diferencia en nuestra resta es la invención, águila soñada que arrastra nuestros barriletes esqueléticos por distintos cielos del sur.
“Creo que soy porque te invento” Y creo que hoy salto para no verte tan lejos.

domingo, 6 de mayo de 2012

luces. jaulas. tiempo.

yo
no tengo las luces que te pueden traer.

vos
no tenés los días que podrían serme dados.

y
sin embargo
despertamos juntos en un bosque
de pájaros azules
y jaulas oxidadas.

y yo
yo me voy.

y vos,
vos volvés
al lugar al que no puedo pertenecer.

el otoño envejece mi razón
la cordura intoxica al corazón.
el invierno pasó a buscarte
con un crepúsculo como estandarte.

y yo
yo me voy
y me vuelvo el beso de un pájaro
que se libera a partir del suicidio
de tus labios fríos
lejanos a mi tiempo.



martes, 24 de abril de 2012

Pero ahora ni el frío te hace sentir viva.
Ni los escalofríos perturban tu voz.

lunes, 16 de abril de 2012

no sé si algún día lo vas a leer
pero, no puedo guardarme esto
el extrañarte y que estés lejos
tu cumpleaños y una luz en mi recuerdo
el quererte y querertelo decir
el saberte un sueño y un ave partir.



feliz cumple, shu de mi alma.
te quiero tanto.
te sigo queriendo tanto.

martes, 20 de septiembre de 2011

Omblïgö

Del latín umbilicus, diminutivo de umbo, umbonis, "escudo, insignia, ptte, "sellito", porque es distinto de cada persona.

Las grandes revelaciones de una mujer, suceden en cuartos de hotel. N hace falta que lod iga yo para que alguien conciba esa idea. Cualquier hombres que haya amado a una mujer en un hotel, puede no sólo entender, sino afirmar lo que digo. Sólo quien lo haya hecho habrá encontrado la efímera llave del misterio que guardan.

Es posible que Gimena haya conocido la forma de su secreto desde que era muy chica. No es difícil imaginarla con cinco años, tirada en el pasto, mostrándole su panza al Sol. Riendo, sobretodo riendo. Como la noche en que la conocí en Boedo, la única diferencia es que el Sol se escondió en la Luna, y que tenía más cara de pícara que de inocente.

No puedo asegurar sí ella sabe cómo funciona su magia. Sabe que la tiene, eso sí, pero la naturaliza de tal forma que se olvida, no la registra. Para Gimena muchas cosas maravillosas, son simples flores.

Conocí a Gimena hace diez años. Lo que descubrí en ella, hace tres.

He hablado de hoteles y grandes revelaciones, es cierto. Tardé siete años en convencerla de que se acueste conmigo, y nunca la vi en otro lugar que no fuera el bar que está en Av Directorio. Excepto esa vez.

Ella tomaba un fernet, pareciendo "clásica y moderna"[1]. Le dije que era como uno.

-Sos como un ferné, pero dulce.

-¿Cómo así?- Dijo Gimena.

-Digo, no sos una flor, sos todas.

-Chís, qué te hacés, Tomás.

-Lo que no soy-le dije, y eso pareció interesarle.

La forma correcta de seducir una mujer, varía en cada una. Son como los ombligos, en cada persona cambian de forma y esencia. Cada uno tiene una dádiva que dar.

Gimena siempre fue un poco flor. Pero en aquella habitación, era la primavera más esperada Su cuerpo se rindió en la cama, como la primera gota de rocío en un equinoccio de otoño. Gimena desnuda. Gimena floreciendo. Gimena para mí.

Florecía, de verdad.

Lo que voy a decir ahora puede creerse o no. Pueden acusarme de haberme embriagado hasta con el maldito néctar que esa mujer segrega cada vez que respira. Pero sucedió, y lo real se explica sólo por tener la capacidad de existir.

De su ombligo, nació una flor. Luego otra un poco más grande, y después otra, y la piel de Gimena se volvía un pétalo acomodado entre las sábanas.

Gimena florecía. Y como conejitos de Gimena, otra Gimena tan delicada como una anémona, destilaba cada flor que creaba, en risas.

Yo la miraba. No podía entenderlo, pero tampoco necesitaba hacerlo. Y antes de que alguien me cuestione, no me terminé acostando con ella, es verdad. Pero la amé. La amé en un hotel que de pronto quedó muy lejos de Buenos Aires; y ciertamente, amarla era lo único que podía hacer y que ella de verdad necesitaba.

Hoy es el equinoccio de primavera, y todavía sigo viendo a Gimena en el bar. Le sigo diciendo que es como un fernet dulce, pero ya no pregunta porqué. Se limita a reír, y me atrevo a decir que ahora cree que tengo razón, aunque nunca vaya a dejar de ver lo increíble, como una florcita de jardín.



[1] “clásica y moderna” Es una canción de Las Pastillas del Abuelo, banda que surge en el barrio de Boedo, Buenos Aires.



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No hay imagen porque no encontré ninguna linda y si me pongo a dibujar, chau siesta (? jaja,
Saludines.


martes, 6 de septiembre de 2011

entrada número 100! Nº 100, OSVALDOOO



Haz de mí,
el gato receloso
que se destiñe
en tu
mano.
Deja que sangre
las heridas
que tu noche me dá.
Y el dolor púrpura
de una juventud
rosa,
se irá vestido de
amarillo,
en un amanecer
que aún
no nace.




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Para todas las whores que creían imposible esto (?)
Con el amor que implican estas 100 entradas jaja,
Saluuuudiiiissss.

viernes, 26 de agosto de 2011

El túnel


- Mi abuela me dijo que llegó por este túnel.

- Felipe, eso no puede ser verdad. Las abuelas son como el Sol, desde siempre estuvieron ahí.- Respondió Juana, que era un año o dos más grande que Felipe.

- No sé, Juani, mi abuela me lo dijo. Y también dijo… - el parque se abrió ante ellos, Rivadavia susurraba como si estuviera lejos, y los colectivos los escoltaban sin que lo supieran- … Que nunca me cayera ahí

- Pero claro, bobo- dijo Juana arrodillada, riéndose, mirando de lleno al túnel que tenía principio, pero no final- Si te caés ahí, no volvés más.- Y su voz repitió «Si te caés ahí, no volvés más»

- Debe ser, ¿No?

Felipe también miró el túnel, sin embargo, no dejó que su voz se esparciera por él. Fuera del parque, la ciudad ardía en obligaciones; dentro, Felipe y Juana miraban aquel agujero con la mordacidad que puede tener la curiosidad de un niño.

Juana se puso pesada. Empezó a molestar a Felipe, que te empujo, que sí, que no, vení para acá Feli, mirá que te tiró eh. Se corrieron y dieron vueltas hasta que cayó el atardecer sobre ellos. Hasta que el tropezón de Juana, fue caída.

Cayendo al gran túnel, pegó un alarido y se agarró a las zapatillas de Felipe, que absorto se perdía en las lágrimas de Juana que le gritaban ¡Feli, agarrate de algo, no me quiero caer! ¡Feli! ¡Feli!

Él no pudo reaccionar. Como si fuera un fuego letal, el miedo de Juana quemó su fortaleza y cayó, despertando en ella la desesperación de no volver, de no volver más.

La caída parecía durar los mismos años de la abuela. No había luz, no había miedo ya, la lógica no existía y el único sentimiento que podían sentir, era la pérdida de algo que no lograban descifrar.

Algo los hizo tomar otra dirección. Sintieron que se elevaban, y entonces fue cuando salieron despedidos por una corriente de aire, que los hizo aparecer en otro parque, añejado, vivido por otros que ya no eran ellos.

Ahí estaban Juana Y Felipe. La remera le oprimía el voluptuoso pecho a Juana, quien se encontraba con sus pantalones rotos y el pelo hasta la rodilla. Felipe tenía barba de años, y arrugas de haberse curtido con el tiempo.

Se miraron. Se olieron. Tardaron en levantarse. Tardaron en darse cuenta. Pero cuando consiguieron emitir palabra, comprendieron qué habían perdido.




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Después de mucho tiempo, hola de nuevo. Tenía ganas de dibujar algo para esto, tal vez lo haga después.

Abracito!

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