Confesiones de invierno.
Muchos días me cuesta convencerme de que este camino (arduo, jodido, lleno de conflictos que curten mi ser) es el correcto. Me caigo a menudo, y por más cliché que sea, obviamente levantarse cada vez cuesta más. Quererme, carajo, me cuesta más. Pero cuando después de haberme roto la cabeza durante dos semanas logro armar la imagen que busco, codificar el mensaje, me siento libre. Realizada, feliz y hasta quizá orgullosa de haber persistido.
Porque de eso se trata el arte, al fin y al cabo. No rendirse. Todos cantamos, escribimos y dibujamos desde pibes. Y en el medio, vaya a saber qué mierda pasa que lo dejamos de lado. Opté porque no me pase. Cada día me aferro más a mis colores y encuentro ahí la resolución de todo mal.
Creo porque quiero que alguien se sienta menos solo.
Creo porque crear es la magia elemental.
Y mientras mis manos se vuelven más duras y mis ojos, toboganes de ojeras, mi alma sabe más que nunca que la sensibilidad no es debilidad. Es la fuerza que mueve a los cuerpos.
La fuerza que trasciende la voz.
La conciencia más pura de sabernos más que materia y entonces comprender que lo mundano puede fallar.
Es transformar lo que nos es dado.
Es el camino que elegí.
lunes, 22 de junio de 2015
martes, 16 de junio de 2015
hoy hace ayer
Hoy hace tres años.
Hoy hace dos.
Hoy hace uno.
Hoy.
Ironía es que mientras más se endurecen mis manos, más sensible se vuelva el alma.
Bien sé que la corteza de un árbol no es más que un vestido. Que debajo está la revolución de las múltiples vidas que le tocó vivir. No conozco otra vida. No sé que significa vivir sin estar en constante ebullición.
Y quiera o no, te llevo tallado en mí. Como una herida limpia que ya no sangra mi savia elemental y primogénita. Colonizaste mis tiempos. Te robaste mis frutos. Viste agonizar mis raíces, enfermar mi voz y viste como yo misma corté y marchité mis flores. Me disecaste viva. Y como un tigre cansado, no pude enfrentar al domador ni volver a conocer qué era ser un jardín.
Fuiste vil. Compré tus cuentos. Los escuchaba con devoción, como lo hacen los que hoy te siguen, los que hoy creen que realmente tus historias están basadas en buenas intenciones. Nunca conocí a nadie que disfrazara tan bien el egoísmo. Me dolés, porque todavía a veces, lográs espantar mis pájaros. Y entonces no hay alas que soporten el peso de tanto miedo.
Entiendo y sé que sos una víctima de víctimas. Así como yo soy víctima tuya y de tu victimario. Hoy me cuesta decir que te perdono, aunque lo que más quisiera es poder desprenderme de todo este dolor y con un suspiro sincero decirte adiós sin rencor. Y es que en realidad, no sé si todo esto es rencor. Una gran cuota es miedo. Cada vez que sé de vos me paralizo. Así como me paralizaba en el suelo. Te amé como a nadie y hoy sos mi peor miedo.
Me da bronca, sí, que nadie nunca haya podido ver nada. O lo que es peor, que hayan sido cómplices de todo este juego enfermo.
Está bien, no puedo pretender que un ciego conozca lo que nunca vio. Entiendo, también, que es más fácil. Conocer la verdad nos obliga a tomar una posición. Desconocer (o hacer de cuenta que) les ahorra correrse desde el centro de autosatisfacción.
No importa. Poco sentido tiene preocuparme hoy por estas cosas. Que me duelen, me duelen. Pero hoy, a pesar de que te quiera, ya no te amo. Ya no quiero olvidar lo humano que realmente sos. Hoy amo la libertad que articula mi vida, hoy amo a mi arte más que cualquier otra cosa, porque ahí está mi verdad. Soy manifestación, fuego, vida, mujer. Una mujer que no tiene vergüenza de ser lo que es.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
2015, hola.
Todos los años son de autodescubrimiento.
Este se caracteriza por reconocer nuevas partes en los que estuvieron desde siempre en mi vida y encontrar contra qué peleo, qué es lo que quiero cambiar. En el camino encontré compañeros nuevos, personas que aportan todos los días un poco para que el mundo sea un lugar realmente mejor. Y eso me llena de amor, compañerismo y felicidad. Me da esperanza de que las cosas pueden ser de otra forma y cada logro (por más pequeño que sea) nos acerca un paso más al objetivo.
Soy afortunada de todos los días sentir que el camino del arte es el que me atraviesa y corresponde. Sé que mi lugar en el mundo lo encuentro cuando me relaciono a partir de la sensibilidad y movilizar al otro.
El año pasado mis deseos fueron simples. Amor, música, arte. A este le voy a sumar la paz con nosotros mismos. Aprender a querernos y encontrarnos cuando nos parecemos perdidos. Ser fieles a lo que somos. Que eso sea la bandera que encabece nuestros días, todo lo demás vendrá solo.
Las peripecias de la vida solo son aventuras, así que por más tormentas que toquen vivir, estoy agradecida de vivir, de estar en este lugar que se transformará en otros escenarios y esta vida que colmará muchas otras.
feliz año, che.
Este se caracteriza por reconocer nuevas partes en los que estuvieron desde siempre en mi vida y encontrar contra qué peleo, qué es lo que quiero cambiar. En el camino encontré compañeros nuevos, personas que aportan todos los días un poco para que el mundo sea un lugar realmente mejor. Y eso me llena de amor, compañerismo y felicidad. Me da esperanza de que las cosas pueden ser de otra forma y cada logro (por más pequeño que sea) nos acerca un paso más al objetivo.
Soy afortunada de todos los días sentir que el camino del arte es el que me atraviesa y corresponde. Sé que mi lugar en el mundo lo encuentro cuando me relaciono a partir de la sensibilidad y movilizar al otro.
El año pasado mis deseos fueron simples. Amor, música, arte. A este le voy a sumar la paz con nosotros mismos. Aprender a querernos y encontrarnos cuando nos parecemos perdidos. Ser fieles a lo que somos. Que eso sea la bandera que encabece nuestros días, todo lo demás vendrá solo.
Las peripecias de la vida solo son aventuras, así que por más tormentas que toquen vivir, estoy agradecida de vivir, de estar en este lugar que se transformará en otros escenarios y esta vida que colmará muchas otras.
feliz año, che.
jueves, 2 de octubre de 2014
lo que vendrá, lo que ya está y lo que es
Pero tu intuición siempre dormida
no se entera
no despierta ante mi dolor
porque no lo ve
porque no sabe soñar
lo que vendrá
lo que ya está y lo que es.
Ardo, grito y temo
muerdo, me astillo y crezco,
todo ocurre en una jaula
que ahora me queda chica
¿dónde quedó la libertad
de salirse cuando algo te hace mal?
El amor
(eso que vos confundís con ternura)
te está acribillando
y besas cada disparo
con la dulce ilusión
de volver canción al plomo.
Si tan solo fueras más tonta
y pudieras creerte de veras
el cuento de que todo mejorará;
bien sabés que los amantes mueren
al no poder escuchar latir la muerte
en el corazón de quien supieron amar.
no se entera
no despierta ante mi dolor
porque no lo ve
porque no sabe soñar
lo que vendrá
lo que ya está y lo que es.
Ardo, grito y temo
muerdo, me astillo y crezco,
todo ocurre en una jaula
que ahora me queda chica
¿dónde quedó la libertad
de salirse cuando algo te hace mal?
El amor
(eso que vos confundís con ternura)
te está acribillando
y besas cada disparo
con la dulce ilusión
de volver canción al plomo.
Si tan solo fueras más tonta
y pudieras creerte de veras
el cuento de que todo mejorará;
bien sabés que los amantes mueren
al no poder escuchar latir la muerte
en el corazón de quien supieron amar.
jueves, 24 de julio de 2014
Parirse
Quererse para querer, abrazarse para poder ser.
El frío y las bufandas son buenos compañeros para comprenderse. Los viajes en subte, esperar el colectivo, ver correr por la ventanilla todos los caminos posibles. Saber que en cada parada hay una aventura latiendo y que un tanto más lejos está el hogar. Y uno se siente un gato que habiendo vagado por la ciudad decide volver a casa. Pero a diferencia de los gatos, yo recién estoy asimilando mi libertad porque hoy me he parido. Hoy renací por mí y para mí. Y es que para sobrevivirse hay que hacerse nacer de nuevo, transformarse y poder adoptar los cambios como si nos pertenecieran desde tiempos lejanos. Abrazar la libertad entendiendo que su sinónimo es el amor. Ese es el secreto.
Por eso hoy
puedo
ser
luz.
El frío y las bufandas son buenos compañeros para comprenderse. Los viajes en subte, esperar el colectivo, ver correr por la ventanilla todos los caminos posibles. Saber que en cada parada hay una aventura latiendo y que un tanto más lejos está el hogar. Y uno se siente un gato que habiendo vagado por la ciudad decide volver a casa. Pero a diferencia de los gatos, yo recién estoy asimilando mi libertad porque hoy me he parido. Hoy renací por mí y para mí. Y es que para sobrevivirse hay que hacerse nacer de nuevo, transformarse y poder adoptar los cambios como si nos pertenecieran desde tiempos lejanos. Abrazar la libertad entendiendo que su sinónimo es el amor. Ese es el secreto.
Por eso hoy
puedo
ser
luz.
martes, 1 de julio de 2014
llamas de viento seco

Puedo arder en llamas
de frío o viento seco
Puedo entender que
el tiempo
no es enemigo
si el deseo es eterno
Y aunque lo sepa, lo mastique
lo funda y en mí esté
la convicción
no quiero esperar.
El alma es vieja
y el cuerpo
sucumbe a pleamar
entonces
cuantas veces se puede morir
en esta noche?
cuántos viajes puedo emprender?
si soy tierra
raíces con sangre férrea
soy el fruto
que cae lejos del árbol
para expandirse al cruzar el sol.
entonces
cuantas veces se puede nacer
en esta noche?
cuántos ríos puedo nadar?
si soy buho
ojos azur plateado
soy la vida en cada paso
un tambor que profesa y se va
y al arder no hay fuego
que alcance
porque ya me volví ardor
lo único que queda es un vestigio
de lo que fui al ser mi Dios
entonces
cuantas veces se puede morir
en esta noche?
sábado, 12 de abril de 2014
Toda ausencia es una presencia.
Toda ausencia es una presencia. Es la presencia más dolorosa.
Eso había dicho una profesora que admiro mucho en mi quinto año de secundaria. Y es, entre tantas cosas que ella dijo, una de las que más me quedó marcadas. En el momento que la escuché la anoté en mi cuaderno y luego se la conté al pibe que me gustaba. Un año después, odiándonos por habernos querido y por no haber funcionado lo nuestro, él me envía un mensaje de texto una madrugada de verano, con la misma leyenda que le había transmitido: toda ausencia es una presencia, es la presencia más dolorosa. El porqué me envío eso y quién realmente lo envío es una historia que podemos dejar para otro momento. El punto es que desde ese entonces la frase me quedaría escrita en el alma como un estigma.
Desde que me embarqué en la adolescencia tuve muy en claro lo que no me gustaba, lo que no quería, pero sobre todas las cosas, jamás dudé de cuáles eran mis miedos. Siempre me aterró la soledad más que la oscuridad o la incertidumbre, más que el vértigo o las arañas. La soledad. Me aterraba tanto como podía. Y sin embargo tardé bastante tiempo en poder ver que en mi vida existía una gran dicotomía: me gusta y necesito estar sola, pero la misma soledad me consume y hace añicos. La necesito con la misma intensidad que me hace daño, me desequilibra a su antojo, me hace bailar el vals más deprimente de la historia a veces con una sonrisa, a veces con el corazón sollozando.
Cuando pude aceptar esto hubo un período en el cual no le di mayor importancia. Seguí mi vida de la misma forma (de la única forma que sé: atolondrada, torpe, pero caminando hacia algún lado). Al crecer obligatoriamente nuestra perspectiva sobre los saberes adquiridos y por adquirir va rotando. Solemos pensar que esos saltos creativos no van a ocurrir nunca, o quién sabe cuando. Hoy volviendo de cursar viajando en el subte, cansadísima después de haber estado 8 horas en la facultad, sube un muchacho a tocar el violín. Tocaba con su tristeza, con su propia soledad. Me conmovió con
cada nota, reflejándome en ellas, entendiendo de una vez que si cada uno carga con su cruz, la mía es convivir con la soledad. Y al entender esto veo todas las pruebas que nunca estuvieron escondidas. La literatura abre puertas por excelencia. La misma profesora en sexto año nos hizo leer fragmentos de 100 años de soledad. Llegué al libro este verano, me golpeó por todos lados, me inició en el camino de la percepción. Comprendí que la soledad se lleva en la sangre. Hoy sé que son vestigios de los miedos de mi abuela. Su dicotomía era la muerte, ya les he contado. Al final de su vida la dicotomía se esfumó, se unificó en su último respiro. Me asusta pensar que puedo tener un final similar. Porque la soledad está en todas partes. Está en las relaciones que elijo, pecadoras de ausencias, silencios fortuitos, está en sus nombres, está en las distancias. Está en lo que callan. Y en contrapartida sé que es la gente que más me acompaña y hoy me sostiene, sé que aunque se enmascaren de ausencia están sosteniéndome la espalda siempre ahí.
Todo termina por ser contradicción en está vida, ya que los equilibrios son de cristal. Como tengo lo tengo asimilado, me dedico a buscar las partes que le faltan a este rompecabezas. Las formas, los colores, la edad (quien sabe viene en mí desde otras vidas), su nombre (quien sabe ''soledad'' solo sea un nombre mundano), hasta donde puede llegar.
Descubro. La soledad, decididamente, tiene que ser un gato. Un gato gris. El que acaricio entre palabras, el mismo que me espera al llegar a casa, porque la soledad me espera, me recibe y me acobija mientras la ornalla hace ruido a invierno. Y ronronea al verme y yo me pongo contenta, a pesar que tantísimas veces la sonrisa que le regalo sea agridulce.
Eso había dicho una profesora que admiro mucho en mi quinto año de secundaria. Y es, entre tantas cosas que ella dijo, una de las que más me quedó marcadas. En el momento que la escuché la anoté en mi cuaderno y luego se la conté al pibe que me gustaba. Un año después, odiándonos por habernos querido y por no haber funcionado lo nuestro, él me envía un mensaje de texto una madrugada de verano, con la misma leyenda que le había transmitido: toda ausencia es una presencia, es la presencia más dolorosa. El porqué me envío eso y quién realmente lo envío es una historia que podemos dejar para otro momento. El punto es que desde ese entonces la frase me quedaría escrita en el alma como un estigma.
Desde que me embarqué en la adolescencia tuve muy en claro lo que no me gustaba, lo que no quería, pero sobre todas las cosas, jamás dudé de cuáles eran mis miedos. Siempre me aterró la soledad más que la oscuridad o la incertidumbre, más que el vértigo o las arañas. La soledad. Me aterraba tanto como podía. Y sin embargo tardé bastante tiempo en poder ver que en mi vida existía una gran dicotomía: me gusta y necesito estar sola, pero la misma soledad me consume y hace añicos. La necesito con la misma intensidad que me hace daño, me desequilibra a su antojo, me hace bailar el vals más deprimente de la historia a veces con una sonrisa, a veces con el corazón sollozando.
Cuando pude aceptar esto hubo un período en el cual no le di mayor importancia. Seguí mi vida de la misma forma (de la única forma que sé: atolondrada, torpe, pero caminando hacia algún lado). Al crecer obligatoriamente nuestra perspectiva sobre los saberes adquiridos y por adquirir va rotando. Solemos pensar que esos saltos creativos no van a ocurrir nunca, o quién sabe cuando. Hoy volviendo de cursar viajando en el subte, cansadísima después de haber estado 8 horas en la facultad, sube un muchacho a tocar el violín. Tocaba con su tristeza, con su propia soledad. Me conmovió con
cada nota, reflejándome en ellas, entendiendo de una vez que si cada uno carga con su cruz, la mía es convivir con la soledad. Y al entender esto veo todas las pruebas que nunca estuvieron escondidas. La literatura abre puertas por excelencia. La misma profesora en sexto año nos hizo leer fragmentos de 100 años de soledad. Llegué al libro este verano, me golpeó por todos lados, me inició en el camino de la percepción. Comprendí que la soledad se lleva en la sangre. Hoy sé que son vestigios de los miedos de mi abuela. Su dicotomía era la muerte, ya les he contado. Al final de su vida la dicotomía se esfumó, se unificó en su último respiro. Me asusta pensar que puedo tener un final similar. Porque la soledad está en todas partes. Está en las relaciones que elijo, pecadoras de ausencias, silencios fortuitos, está en sus nombres, está en las distancias. Está en lo que callan. Y en contrapartida sé que es la gente que más me acompaña y hoy me sostiene, sé que aunque se enmascaren de ausencia están sosteniéndome la espalda siempre ahí.
Todo termina por ser contradicción en está vida, ya que los equilibrios son de cristal. Como tengo lo tengo asimilado, me dedico a buscar las partes que le faltan a este rompecabezas. Las formas, los colores, la edad (quien sabe viene en mí desde otras vidas), su nombre (quien sabe ''soledad'' solo sea un nombre mundano), hasta donde puede llegar.
Descubro. La soledad, decididamente, tiene que ser un gato. Un gato gris. El que acaricio entre palabras, el mismo que me espera al llegar a casa, porque la soledad me espera, me recibe y me acobija mientras la ornalla hace ruido a invierno. Y ronronea al verme y yo me pongo contenta, a pesar que tantísimas veces la sonrisa que le regalo sea agridulce.
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