en la memoria,
esa que no podemos
olvidar.
Masticarla es para
que el pánico muerda.
Cadáver exquisito para
un cuerdoide.

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Cazate que actualicé dos días después.
Insólito.

El señor Durruty es la vejez adolecida por la niñez. Se lo puede ver caminar por los pasillos del Borda, escribiendo las ventanas empañadas, y empañándolas para escribir «La ciudad es un manicomio gigante»
Las enfermeras oyen ecos de rumores sobre algún pedacito de verdad en las historias de un ser fantástico que cuenta Don Emilio.
En la habitación 109 juran haberlo olido. En la 98 dicen que es muy amable y cordial. Y la señora Herrán, de la 101, aplica la comparación ‘’es tan peludito como mi gato’’.
Lo cierto es que tanto enfermeras como doctores, están aturdidos de tanto chismerío peludo. También están las porteras que son quienes más creen. “Acá se hacen los oídos sordos con la cantidad de pelo violeta que junto” dice Alejandra, con una convicción que reviviría a Julio César.
Desde una perspectiva psicológica, el licenciado en psicología Juan Carlos Merino afirma que todo se trata de una alucinación colectiva, que al tener bases tan firmes, provoca que los individuos que conviven con quienes padecen dicha afección, entren en el juego alucinatorio.
Don Emilio sabe que nadie quiere creer, lo que todos saben; y que estar loco no prohíbe ver la realidad, si no lo contrario, permite aceptarla como si de una sonrisa horneada se tratara.
La bestia púrpura conoce con técnica esta situación, y quizás aquí este la razón de por qué no se hace pública. Si lo fuera, el Doctor Merino jamás terminaría su libro sobre alucinaciones colectivas, la portera no renegaría y no tendría tema para hablar con las otras, y fundamentalmente, el señor Durruty no tendría razones para ser el adolescente revolucionario filosofal, del querido hospital de locos.
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Con menciones de Emiliano Wepa del Bosque, Hadexo Hadexito, Ro Herrán, y Anutar Waerd, grandes amigos. Los quiero muchísimo, chichis.

Como un sapito asustado detrás de la puerta del baño. Arrodillada sensación de haberme despertado bajo la ducha de una enorme fauna abisal.
Salpicar es un carnaval. Y un sapito mira lo que para mí está tan cerca que no puedo apreciar. Acaricio la planta de mis raíces, el talón vívido, viejo conocido.
Soy una flor etérea, bástame emoción para renacer en primavera. Abrase la puerta, que entre quien pueda liberarse y dejar la sensación que ya no quiera consigo. Que se haga público el dominio, que conozcan a quienes mantienen el mito de lo que es de todos. Un sapo, una flor.
Sapo sapito sapitito que vela por las historias de amor, de alguien que creyó. Amantes sin medidas, sin nombres, apodados por el querer mil veces conoció. Un sapo diccionario de príncipes inexistentes, de princesas que parches en la ropa son. Un sapo pequeño, olvidado, que parece recuerdo del pasado, pero es el presente más acechado en los labios de los pasantes.
Cazando dudas y absorbiendo sentidos vivimos, el público siempre se renueva, aquí a todos conocimos. Incluso a la risa desmarañada de tu jardín estelar y a la búsqueda en el espejo enciclopediado de la palabra "Soñar".
Desde luego, también lloraste aquí, sin querer volver a salir, cual sapito asustado entre flores de vida.
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No me gusta, pero era necesario actualizar.

Vos pensabas que en Buenos Aires siempre estarías solo. Que la ciudad no era más que edificios y desconocidos, entes; y que vos también eras uno para los demás.
Pero no contabas con que nunca podrías estar verdaderamente solo en un juego de 13 millones, observando, siendo observado y particularmente viviendo. Jamás contaste con eso.
Porque en tu campo querido, hasta los árboles más amigos mueren y cuando el viento sople y no haya un roble, existirá un nadie. Pero vos, Puchito López, vos no estás solo.
Tu cabecita coya cruzando la 9 de Julio, dando saltos hasta aparecer en parque Rivadavia, y luego ver tus alpargatas rayadas admirando las paredes de Acoyte, preguntándote si a los boletos les duele la suela de los zapatos; hacen que te sienta minoría. Lo sos, lo sabés.
Te seguía todos los días, Puchito, no recuerdo ya cuándo fue la primera vez que lo hice, o cuándo la primera que te vi. Creo que coinciden… Extrañamente, sí, coinciden, fue un 3 de abril, que día complicadísimo ese, cómo haberlo olvidado.
¿La de razón de seguirte? Quién sabe, compadre. Tan despreocupado por la vida ibas - vas- y yo tan mamarracho como diría la abuela. Quería contagiarme de tu gripe. Al principio, era un par de cuadras, que se potenciaron al cubo, y así y así.
Con el paso de los días sabía tus hábitos, los anotaba, controlaba si se repetían. No sé si alguna vez me viste, siguiéndote. Hablabas poco, murmurabas mucho. A penas si logré escucharte. Llegué a seguirte por 5 vueltas completas, siempre bajo tu misma rutina, Puchito.
Tu recorrido finalizaba en los puestos de parque Rivadavia, mientras los viejos jugaban ajedrez y los chicos vendían los libros de inglés usados, como siempre. Como siempre, hacías una vuelta rara, como si fueras un acróbata de sueños y desaparecías. Pero aquella vez no desapareciste, te adentraste en los laberintos de libros; no escuchaba el cantito “Libros, libros, nuevos y usados, escolares precio oferta” a esta altura, tampoco me interesaba. Seguías avanzando, perdiéndote (no, perdiéndome yo, vos te encontrabas). Te seguía, ya no importaba esconderme de tu vista. Era pisar y ver hojas de libro por detrás de tuyo desenvainándose en el aire, pidiendo un cielo. Entonces te quedaste quieto, y volteaste. No pude bajar la vista, aunque hubiera sido más cómodo el poder haberlo hecho. Sonreíste, Puchito, no podía creerlo.
Me quede atónita en el suelo, y las hojas amarillentas, tus papeles inesperados me envolvieron hasta dormirme en romances, en bardos. Cuando pude mencionar palabra, por supuesto, no estabas. En tu lugar había un libro bordó tapa dura, en el que leí el campo y la soledad, esos robles, te estaba leyendo el alma o las letras, tu espíritu literario.
Pasaron días de eso, ahora te escribo desde el café en que te vislumbré aquel 3 de Abril, del que me fui sin pagar. Te escribo con el anhelo a una valentía. Quisiera seguirte una vez más, Puchito. Seguirte y entrecerrar tu libro con esto que sin mucho orden o coherencia escribo.
A dónde vas; Por qué venís; Por qué te vas. Pero sobre todo… ¿Por qué volvés, Puchito López?